Guerra civil de suníes y chiíes
FRANCISCO DE ANDRÉS
Día 23/06/2013 - 01.55h
El conflicto en Siria destapa la amplitud del choque entre las dos corrientes musulmanas
La exrepública soviética de Azerbaiyán es, probablemente, el único país del mundo donde los suníes y los chiíes rezan juntos en las mismas mezquitas.
En el resto del mundo musulmán, que ya supera los 1.600 millones de seguidores, ese fenómeno sería insólito. Y hoy más que nunca, debido al conflicto sectario entre las dos grandes corrientes del islam, que conocen una espiral de violencia insospechada desde el agravamiento de la guerra civil en Siria. Haría falta remontarse muchos siglos en la historia para recordar una etapa parecida de recelo, o simplemente de odio entre los seguidores más radicales y politizados de las comunidades suní (más del 80 por ciento de los musulmanes) y chií (entre el 10 y el 20 por ciento restante).
Lo que comenzó como un cisma en el siglo VII por la disputa en torno a la sucesión de Mahoma, acabó degenerando en muchos puntos de oriente en guerras de exterminio lanzadas por los califas. El viejo conflicto adopta hoy formas mucho más sutiles aunque con un nexo común: el miedo del mundo suní a perder su control absoluto del islam a manos de un chiismo revolucionario y enfervorizado, que parece querer tomarse una revancha.
Buenismo norteamericano
Los orígenes de las luchas sectarias que hoy desgarran Irak y Siria y amenazan a muchos otros paìses musulmanes, arrancan, según los expertos, de dos acontecimientos relativamente recientes: el triunfo de la revolución chií en Irán, en 1979, y la invasión norteamericana de Irak en 2003. Sin pretenderlo, Estados Unidos jugó en la región el mismo papel que el imán Jomeini. Washington agitó el avispero chií en uno de los dos países de Oriente Medio donde la minoría tradicionalmente perseguida tiene una fuerte presencia demográfica.
EE.UU. podría decir, en su descargo, que se limitó a hacer justicia en Irak y además la dotó de credenciales democráticas. Hizo lo contrario que la expotencia colonia británica. Londres dominó en su día Irak apoyándose en su minoría suní para controlar a la levantisca mayoría chií; la típica estrategia inglesa, que resultó tan práctica en la inmensa India. Estados Unidos, en cambio, llevó su modelo liberal a Bagdad, y facilitó la eliminación de la clase burocrática y militar que sustentó a Sadam. Uno de los frutos amargos de su política es la virtual guerra civil que produce a diario suicidas y coches-bomba en las calles de las principales ciudades.
Los extremos se tocan
Pero el fenómeno que muchos consideran clave en la actual confrontación de chiíes y suníes ha sido el asentamiento del régimen teocrático en Irán. Jomeini no condenó en su día la doctrina musulmana suní, pero sí a sus actuales guardianes, los países del Golfo. Libró una batalla devastadora contra Irak (1980-1988), pero su fijación estaba en Arabia Saudí, a la que calificaba de «lacaya de EE.UU.».
En materia de ardor guerrero, los saudíes —seguidores del wahabismo, la más radical de las sectas suníes— no andan a la zaga de los iraníes. Desde el 11-S nadie se llama demasiado a engaño con las morisquetas de Riad ni con su condición de socio comercial privilegiado de Occidente. De Arabia Saudí salieron Osama bin Laden y la mayoría de los terroristas que atacaron a Estados Unidos. Y Arabia Saudí sigue siendo la primera fuente de financiación de mezquitas y centros islámicos en todo el mundo.
El triunfo de la revolución islámica chií en Irán ha encendido las alarmas en Riad, inquieta, por motivos distintos a los de Israel, con lapretensión de Teherán de convertirse en potencia nuclear. Arabia Saudí tendrá La Meca y Medina, pero Irán será el primer país musulmán de la región en dotarse del arma atómica.
¿Cómo han renacido, en pleno siglo XXI, querellas y miedos ancestrales entre suníes y chiíes? Según el profesor suní Ibn Taymiya la raíz se encuentra en «el fracaso del nacionalismo panárabe» que parecía triunfar tras la descolonización. Ni Nasser ni sus acólitos, abonados al socialismo a la oriental, lograron progreso para sus países. El vacío ha sido aprovechado por el islamismo como ideología política, con el jomeinismo iraní y el wahabismo saudí como puntas de lanza.
En el frente sirio
Siria es hoy el cuadrilátero de sus rivalidades. En este país, el juego de Irán en favor de la minoría chií en el poder (el alauismo, al que pertenece la familia del dictador, es una desviación del chiísmo), y el de Arabia Saudí, en favor de los rebeldes suníes, constituye un pulso incuestionable. Riad y Qatar son los únicos gobiernos que apoyan abiertamente, con armas y dinero, a las milicias insurgentes. Teherán envía armas al régimen de Damasco, y además actúa por poderes sobre el terreno, a través de su milicia libanesa de Hizbolá.
Bagdad no quiere quedarse tampoco atrás en el conflicto sirio. Aunque oficialmente las autoridades no lo alientan, los seminarios chiíes iraquíes son semilleros de voluntarios que acuden a Damasco movidos por un sentido de deber religioso.
En el otro bando, la red terrorista global de Al Qaida —de militancia suní— ha encontrado un filón en Siria para su llamada a la yihad, la guerra santa, esta vez contra el régimen «laico» de Bachar al Assad, apoyado por los «herejes chiíes». Será muy difícil que los musulmanes europeos o de otros continentes que se incorporan como yihadistas en las filas rebeldes no acaben siendo contaminados por el fanatismo de la red de BinLaden.
En Irak, son hoy los suníes —un 35 por ciento de la población iraquí— los que acusan al gobierno chií de Maliki de concebir un plan para exterminarles. Ironías de la historia. El terrorismo suní ha optado como método por los coches bomba, mientras que el chií muestra su predilección por los escuadrones de la muerte. Por primera vez desde que estalló el conflicto interno, las mezquitas y barrios suníes son también víctimas de atentados.
En el Líbano, el equilibrio inestable entre las comunidades chií y suní —con los cristianos, una vez más, sorprendidos en el medio—, está a punto de saltar por la implicación de la guerrilla chií de Hizbolá en la guerra siria. La violencia sectaria es particularmente virulenta a lo largo de toda la frontera con Siria, y podría desbocarse si finalmente se produce un choque abierto entre el ejército libanés y la milicia.
La quinta columna
El chiísmo se muestra fuerte en Oriente Próximo, pero está recibiendo un duro correctivo en Pakistán, donde las milicias islamistas suníes —entrenadas por los talibanes afganos— ejecutan ataques regulares contra la minoría chií. Los seguidores de los Doce Imanes son sólo un 20 por ciento de la población de Pakistán, pero por sí solos constituyen la segunda mayor concentración mundial de esa comunidad, después de Irán.
Los regímenes iraní y saudí mueven los hilos en todo el mundo del islam, pero no escapan a sus propios conflictos sectarios internos. Arabia Saudí tiene una minoría chií, especialmente activa en la provincia deHasa, una de las zonas más ricas en petróleo. Por su parte, la minoría suní de Irán se concentra en la provincia de Baluchistán, teatroperiódico de ataques y represión policial. Teherán alberga cerca de un millón de suníes, que no tienen derecho a tener su propia mezquita
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