Cine español: el hilo que une a Quevedo y Goya con Berlanga
Día 21/03/2013 - 12.52h
110 motivos para admirar a España: Éxitos del cine español
Se suele caer en la tentación de considerar el cine español
como algo teñido por los acontecimientos del último mes, las últimas
películas, los éxitos o fracasos recientes o incluso la última ceremonia de los premios Goya,
pero la realidad es que para encontrar la esencia del cine español, o
de lo español en el cine, hay que ponerse unas imaginarias gafas de 3D y
verlo en profundidad, en todas sus dimensiones y a lo largo de todo un siglo del
que ha sido no sólo testigo sino también parte y arte de la evolución
de un pueblo. Traía forma de espejo ya en su misma cuna y hasta en la
considerada primera película hecha por un español podría apreciarse el
distintivo de la denominación de origen: «Salida de Misa de doce del Pilar de Zaragoza», de Eduardo Jimeno, en 1896, unos meses después de que los franceses inauguraran el cinematógrafo saliendo de una fábrica.
Teatro, literatura, pintura
La esencia del cine español ha estado en su teatro, en su literatura, en su pintura, que evidentemente fueron siempre un paño empapado de nuestro particular espíritu, de tal modo que no es difícil establecer una línea ética y estética que enlaza a Quevedo con Goya con Valle y con Berlanga. Y estirándola y quebrándola, aún con Almodóvar.
Los primeros destellos de peculiaridad en nuestro cine vinieron tan
pegados a la literatura y a la pintura, que un personaje tan inabarcable
como Buñuel tuvo la intuición de aliar estilo y generación para hacer «Un perro andaluz» y «La edad de oro»
situando al cine español varias horas por delante del reloj del séptimo
arte. El Buñuel en Hollywood, el Buñuel en México o el Buñuel en
Francia no es sino un modo muy singular de anclar la mirada de lo
español en el cine en una ida y vuelta casi perfecta.
Los avatares del siglo XX impulsaron en su segundo tercio
un tipo de cine igualmente pegado al espíritu de la época y las
circunstancias, alrededor fundamentalmente de una productora, CIFESA,
que reproducía, a su modo, los valores industriales que funcionaban en Hollywood y los morales que imperaban en el régimen de Franco, y en el que apuntaron directores tan irrepetibles como José Luis Sáenz de Heredia, Rafael Gil o Juan de Orduña, y otros tan inclasificables como Edgar Neville o Ladislao Vajda, quien con «Marcelino, pan y vino» abrió una ventana desde la que se veía el mundo.
Un encuentro clave en la historia del cine español es el de José Luis García Berlanga y Rafael Azcona,
que encontraron ese hilo que ataba en un mismo nudo al pícaro de la
literatura con la sordidez de la pintura goyesca y ese esperpento y aire
de ruedo ibérico con el que urdieron de modo modernísimo y neorrealista
películas como «Plácido» y «El verdugo»,
que son la huella imborrable de una época, de un país, de un estado de
ánimo y de un espíritu lleno de humores y negruras. En ningún otro sitio
se verá con tanta claridad lo que fueron los años cincuenta y la
eclosión de los sesenta como en estas películas, y el tiempo las
conservará como su mejor testimonio de entonces. Del mismo modo que
resulta esclarecedor para entender los años ochenta en nuestro país
entrar en el cine de Pedro Almodóvar, que absorbe como una esponja los anhelos, prejuicios, miedos y esperpentos de una sociedad en pleno brote.
Y mientras Berlanga y Azcona empapaban su celuloide de «realidad cóncava» y en el cine español alumbraban nuevos nombres como Saura, Camus, Picazo o Armiñán, un personaje llamado Samuel Bronston decide instalar en España una sucursal de Hollywood con unos grandes Estudios donde trabajaría Nicholas Ray, Anthony Mann, David Niven, Charlton Heston, Cary Grant, Ava Gardner o Rita Hayworth y que dejaría títulos como «55 días en Pekin», Rey de Reyes» o «El Cid» o «La caída del imperio romano».
En coincidencia con la llamada Transición, el cine español
se puso rápidamente en hora y estuvo muy atento y esponjoso con esos
mismos anhelos y turbaciones, y podría fijarse en el nombre de Alfredo Landa,
un actor que es un mundo entero, la importancia, cercanía y visibilidad
de un arte que supo esperar y animar al público a ensayar un salto
hacia otro lugar. O José Luis Garci, que barría por dentro las pelusas de aquella sociedad con títulos como «Asignatura pendiente» o «Solos en la madrugada».
La influencia de Pedro Almodóvar, de su olfato y su talento
cinematográfico, cambió el modo de hacer cine en España en las últimas
tres décadas. Esa mezcla de humor, pasión e irreverencia ha dado frutos
muy diversos y singulares, como Álex de la Iglesia o, con personalidad estratosférica, Santiago Segura,
y también ha permitido subrayar el cine español en todo el mundo, sólo
conocido por la importancia de Luis Buñuel y por la de algunos ganadores
de Oscar, como Gil Parrondo, el propio Garci, Fernando Trueba, Alejandro Amenábar, Alberto Iglesias, Javier Bardem o Penélope Cruz, además, claro, de Pedro Almodóvar que lo ha ganado en un par de ocasiones y apartados.
La actualidad del cine español es muy compleja y se debate
entre las angustias del mercado interior y las ventajas y posibilidades
del exterior, y hay una generación de cineastas que han encontrado la
puerta para entrar a la gran industria. Es el caso de Rodrigo Cortés y «Enterrado», de Juan Antonio Bayona y «Lo imposible», de Juan Carlos Fresnadillo y «28 días después» o de Jaume Collet Serra y «Sin identidad»,
unos cineastas que cultivan un tipo de género en principio poco
apropiado para la esencia de nuestra cinematografía, pero que han
trazado un carril más al camino abierto por Alejandro Amenábar, Antonio Banderas, Javier Bardem o Penélope Cruz.
Y en esa aparente discordancia entre el cine «pequeño» y el
cine «grande» busca su equilibrio y su lugar una cinematografía que
nació al salir de Misa, que ha alcanzado en diversas ocasiones una
increíble madurez y que aún se comporta a veces como un chiquillo.
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