Es un hecho comprobado que en el
Mediterráneo la temperatura ha aumentado en los últimos 30 años. Mientras que en ciertos sectores del
Mare Nostrum se constata la presencia de especies propias de ambientes tropicales, en el Mediterráneo español lo que se ha demostrado por el momento es que varias especies han cambiado su rango de distribución hacia el norte, en busca de aguas más frescas. Un movimiento migratorio que puede afectar a todo el ecosistema.
Un banco de peces papagayo de tonalidades rojizas y manchas amarillas inspecciona una escollera en busca de comida. Más arriba, cerca de la superficie, pasa un banco de
barracudas. El agua es templada y
limpia. De repente, por detrás de una roca asoma una boca azul en forma de pico: es un pez ballesta.
Aunque cueste de creer, no estamos en el Caribe ni en el mar Rojo, sino en la costa de
Sicilia. Una escena como ésta no es habitual en el mar Mediterráneo, pero sí cada vez más frecuente en los últimos años, sobre todo en las aguas del sur de Italia.
Se estima que son en torno a 400 las especies
que han colonizado el Mediterráneo en los últimos 30 0 40 años, un fenómeno conocido como tropicalización, originado sobre todo a raíz del calentamiento global. Este mar se ha caracterizado desde tiempos inmemorables por ser, desde el punto de vista biológico, acogedor y hospitalario. Pero la llegada de especies exóticas a través del Canal de Suez y del estrecho de Gibraltar podría conducir a la larga a una inestabilidad biológica de consecuencias imprevisibles.
El Mediterráneo, mar histórico por excelencia, se está revelando a los ojos de oceanógrafos y biólogos marinos de todo el mundo como un valioso laboratorio para el estudio del cambio climático.